lunes, 18 de septiembre de 2017

D É J A M E

Déjame que te escriba un poema
y sea la nube que te envuelve
velando tu sueño,
para viajar entre estrellas que iluminan
cada poro de tu piel
mientras mis dedos juegan
con tu pelo.

Déjame que te escriba un poema
y sea quien calme tu desvelo.

viernes, 15 de septiembre de 2017

A CUESTAS CON LOS NERVIOS DE MI AMIGA EN LA MALETA (II Parte y última )

Me siento en la butaca descalzadora que tengo junto al armario vestidor. Observo la escena y contemplo el caos de mi habitación tras la búsqueda de los billetes. Por unos instantes me dan ganas de echarme a llorar. Cojo el teléfono para llamar a mi madre ilusionándome en que quizás ella sepa dónde pude guardar los billetes. Las hijas es lo que solemos hacer, ponemos pies en polvorosa en cuanto creemos que mamá nos trata como a quinceañeras si sus preguntas de rutina se convierten en interrogatorio, pero a las que acudimos como tabla salvadora cuando nos invade la desesperación del naufragio.
No consigo marcar, según cojo el móvil aparece la cara sonriente de Marta y empieza a sonar «I´ll be there for you» de The Rembrandts. Hace tiempo que puse éste sonido identificativo en sus llamadas. Tan solo ella y mi madre tienen canciones que las caracteriza cuando me llaman, a los demás, les he dejado el sonido que venía como tono de llamada.
—¡No te lo vas a creer lo que ha ocurrido! —Oigo su voz excitadísima— ¡Es horrible! ¡Es horrible! —No para de repetir. Jadea y escucho su respiración entrecortada entre quejidos.
—Tranquilízate, a ver Marta, respira hondo y cuéntame qué ha pasado.
—No me lo puedo creer —hace una pausa y prosigue—. ¡No puedo ir al Caribe! —Gimotea— Mejor dicho, ¡ninguna de las dos podemos ir al Caribe!
Creo recordar que era yo quien había guardado los billetes, con lo cual, no creo que Marta gimotee porque les haya extraviado, aunque pensándolo bien, yo aún no los he encontrado y ella no lo sabe, así que no creo que sea ese el motivo de su desazón. Por otro lado, pienso que haya habido un huracán pero no es época ni tampoco he escuchado nada que se le parezca. Oigo gimotear a Marta ya de un modo insistente y decido salir de dudas preguntándoselo.
—¿Que ha ocurrido? ¿Ha pasado algo grave?
—¿Grave? —Vuelve a gimotear— ¿Te parece poco grave no poder hacer el viaje del sueño de mi vida?
—¡Marta, si no me dices qué ha ocurrido no lo voy a adivinar! —le suelto de forma tajante. No me importan ya sus gimoteos, lo único que quiero es que me lo explique ya.
—¡Hay huelga de controladores aéreos! —Apenas la he entendido la última palabra pero me la he imaginado, pues al final de la frase, Marta ha arrancado en un sonoro y estruendoso llanto.
—Está bien, Marta. Son imprevistos contra los que no podemos hacer nada. ¿Sabes por cuánto tiempo? ¿Te han dicho algo?
—¡Nooo... ha sido la tele... es indefinida...! —Ha hecho una pausa en cada una de esas pequeñas frases para llorar de forma descontrolada. Su manera de llorar siempre se ha caracterizado por ser bastante llamativa y escandalosa.
—Tranquilízate —le digo a la vez que separo el móvil del oído porque si no voy a acabar sorda—. Voy a llamar a la agencia de viajes a ver qué me dicen.
Tras colgarle, busco el número de la agencia en la lista de contactos, siempre he sido previsora y pensado que vale más «un por si acaso que mil penseques», aunque en el caso de los billetes no me esté funcionando. Mientras escucho el tono de llamada, pienso que sería mejor empezar a deshacer la maleta y recogerlo todo.
—¿Sí? —Escucho al otro lado de la línea. Me identifico y tras darle los datos que me pide, me confirma lo que Marta ya me ha dicho—. Podéis aplazarlo. —Me aconseja, así como concretar otras fechas ya que al lugar dónde íbamos no había problemas con las reservas, pero que de todos modos me tendrá informada. Eso sí, basándose en su experiencia me comenta que me arme de paciencia pues en estos casos hay que echarle de 8 a 10 días. ¡Dios mío!, es lo que pienso. Para entonces son las fiestas en el pueblo de mi madre y recuerdo que le prometí que éste año acudiría sin falta. Le doy las gracias y le cuelgo.
Decido deshacer la maleta ya de forma definitiva, lo de colgar la ropa y colocarla en los cajones pienso dejarlo para otro momento, prepararme un café con hielo y tomármelo tranquilamente en la balconada. Después, llamaré a Marta, necesito que se desahogue con el llanto y pensar cómo le cuento todo. La ropa me da igual el colocarla, es una manera de creerme que estaba haciendo una limpieza de armario, pero la maleta, decido guardarla sin demora en el trastero y así, al no verla, no me recuerda el fiasco del viaje. Tras sacar toda la ropa, vuelvo a cerrar las cremalleras y la levanto con el fin de llevármela. Me quedo atónita al ver los billetes que aparecen debajo. En ese momento lo recuerdo, fue lo primero que cogí y coloqué la maleta encima precisamente por eso, era una forma segura de que entre tanto coger y dejar, no acabasen por cualquier sitio.
Siento un alivio muy grande, lástima que «I´ll be there for you» vuelva a sonar de nuevo. Tendré que despedirme del café con hielo.



miércoles, 13 de septiembre de 2017

A CUESTAS CON LOS NERVIOS DE MI AMIGA EN LA MALETA

—¿Lo tienes todo? ¿Estás segura?
Es la cuarta vez que me llama. El problema es que cada vez que lo hace, cuando colgamos dejo el móvil en cualquier sitio y soy como una peonza dando vueltas buscándolo cuando vuelve a sonar. No solo eso, Marta es peor que una madre cargante, insistente en que no te dejes nada y olvidándose que esa persecución continua puede llevarte a eso precisamente, a que te acabes olvidando aquello que ibas a buscar cuando el soniquete de su voz suena tras tu nuca cual zumbido de mosca de carne revoloteando tras tuyo.
—Si dejas de llamarme, puedo llegar a tenerlo todo. Tus interminables llamadas van a provocar que al final olvide algo.
Le contesto intentando no parecer borde, pero el tono de mi voz, algo irritante ya, empieza a manifestar el mal humor que se me va anidando. Aunque no era mi intención, me doy cuenta que cualquiera que me oiga, no necesita adivinar que empiezo a estar cabreada. Sé que a Marta le va a dar igual, son tantos los años que nos conocemos que se permite la licencia de abordar mi intimidad, soltar lo primero que le viene a la cabeza y luego marcharse sin más, dándole igual un gruñido, enfado o indiferencia. Más de una vez le he llegado a decir que se toma demasiadas confianzas y se adjudica licencias que no le competen, con lo cual no se extrañe que algún día salga escaldada porque nadie tiene el aguante que yo tengo.  «—Me da exactamente igual —me contesta encongiéndose de hombros—, hay personas que es mejor abrirlas los ojos porque son cegatas perdidas». Cualquier otro entraría en una dialéctica con ella, llegando a una discusión de «toma y daca», de esas que no tienen fin. Yo hace tiempo que dejé de hacerlo. Cuando llega a esa situación, opto por apagar el móvil y ya está. Lo siento por mi madre porque es como si se lo oliese, siempre decide llamar en esas ocasiones. «Vaya, hija —me dice cuando suele dar conmigo—, cualquiera diría que no quieres hablar conmigo. Siempre que te llamo tienes el móvil apagado». « Que no es por ti, mamá, —intento explicarle— es por Marta. Resulta a veces tan cargante que es la única forma de escaparme algún rato de ella».
—¿Me estás escuchando? —Me he olvidado por unos instantes que Marta seguía al otro lado de la línea del teléfono?
—Sí —le contesto sin dar pie a más. Lo único que deseo es que acabe ya y así poder seguir haciendo mi maleta.
—Que metas el foulard rosa jaspeado que te trajo tu madre de París. Me he comprado un vestido divino para las noches, que me vuelvo loca por enseñarte, y si refresca, me va a venir de perlas.
Me había olvidado que Marta hace su maleta y la mía a la vez, diciéndome lo que tengo que meter, pues usa mi ropa a su antojo. Cualquier otra la hubiese mandado a paseo hace tiempo argumentado que es de esas amistades asfixiantes peor que una lapa. En mi caso, sigo ahí, con ella. Somos de esas amigas que compartíamos pañuelos en la guardería, que se cogieron de la mano en su primer día de colegio y compartieron pupitre hasta el instituto. Allí, el orden de lista por apellidos, hizo que cada una se tuviese que sentar en una punta de la clase. Fuimos a la universidad, pero elegimos carreras diferentes. «Gracias a Dios —fue el primer comentario de mi madre—. Sois peor que Pili y Mili». Marta pasó de ejercer de profesora cuando finalizó sus estudios de Magisterio para montar una tienda de ropa infantil. Es tal su labia y su mareo verbal, que es imposible que ningún cliente salga sin nada de su tienda. Yo opté por la abogacía y tras mis primeros años como abogada de turno,  pude hacerme una imagen y entré a trabajar en un bufete de abogados.
Mis días de vacaciones son generalmente en agosto, ya que es la época en la que todo se cierra, pero Marta dice que es su mejor época, ya que las rebajas están en auge y las mamás aprovechan a hacer las compras a sus retoños de prendas que les valgan al año que viene. Aún así, se las ha ingeniado para que su madre y su tía soltera que vive con ellas, se puedan quedar unos días a cargo del negocio. «¡No me pierdo estas vacaciones por nada del mundo! —Repetía insistentemente— ¡El Caribe! ¡Flipa lo bien que lo vamos a pasar!». Creo que ya desde el segundo día que hicimos las reservas en la agencia de viajes, he empezado a arrepentirme de haber organizado el viaje conjuntamente. Lo peor se agravó cuando nos entregaron los billetes. «¡No los pierdas!¡Sería horrible si los perdieses!» Vuelvo a la realidad y descubro que sigue al otro lado del teléfono, no sé cuánto, hasta que oigo mi nombre a gritos.
—Perdona —le respondo buscando una excusa rápidamente en mi cabeza—. Tuve que salir al baño. Ya estoy de vuelta. ¿Qué me decías?
—Los billetes, ¡ah! Y será mejor que cojas un taxi y luego pases por mi casa recogerme.  Ya sabes que tenemos que estar en el aeropuerto dos horas antes.
—Sí, ya lo sé —le contesto—. Te cuelgo que le prometí a mi madre que la llamaría.
—Dale un beso de mi parte y dila que no se...
—Marta —decido cortarla subiendo el tono de mi voz.
—Disculpa, ya cuelgo.
No voy a llamar a mi madre. No recuerdo dónde he guardado los billetes y decido empezar a buscarlos desesperadamente. Recorro la casa como un perro que busca su presa creyendo que su olfato va a ser su guía infalible. Al cabo de quince minutos empiezo a desesperarme. He abierto los cajones del salón, la cocina, el mueble de la entrada, he mirado hasta en los de mi habitación revolviendo jerséis, camisetas y hasta la ropa interior. Noto mi desesperación y que el pulso se me acelera por minutos. Cuanto más intento pensar, mi mente se queda en estado de bloqueo. No consigo recordar los momentos posteriores a cuando salimos de la agencia con los billetes, tan solo rebotan en mi cabeza las palabras de Marta, «guárdalos tú que seguro que no los pierdes. ¡Ya sabes los despistada que soy yo!»





jueves, 7 de septiembre de 2017



Buenos días a todos. Estoy feliz de anunciaros que mi novela «Bajo la sombra de una mentira» está ya en el mercado bajo el sello de la Editorial Avant. Una ocasión única que me hace muy feliz, nueva editorial, nueva portada, nueva edición, por ahora tanto en papel como en ebook, y también a través de la plataforma tan conocida de Amazon. Acaba de salir, así que según se vaya avanzando, os iré informando.



martes, 29 de agosto de 2017

Y LE PREGUNTÉ AL VIENTO


Quise preguntarle al viento:
—dime viento, ¿tú le has visto?,
y se quedó calladito.
El silencio se hizo eco
y vagué por los caminos.
Mis pasos fueron viajeros
junto al arroyo del nido.
Sentí la brisa en mi rostro
caricia que me revuelve
hasta el más hondo sentido.
Soñé que eran sus besos
acariciando mi piel
susurrándome palabras
que me cantan al oído.




Y volví
a preguntarle al viento:

—Dime viento, ¿tú le has visto?
Y se quedó calladito.






lunes, 31 de julio de 2017

DESPERTAR A OTRO MAÑANA

Hoy abrió los ojos, despertando al nuevo día con la misma sensación que lo hacía en los últimos cinco años, después de una noche de sueño intermitente, de despertar y dormir, dormir y despertar.  Solo que ahora, sin saber por qué, iba durmiendo algo mejor. Ya no pasaba tantas horas en vela como al principio, quizás su cuerpo se había ido habituando a su cama vacía, a que ya no quedase sobre la otra almohada resto alguno de su olor.
Su cuerpo sí, pero no su alma. Su alma seguía con aquel vacío, un vacío al que se había ido acompasando día a día, mes a mes y año a año; solo que ahora ya no dolía. Su mirada apagada y sus ojos tristes eran su carta de presentación. Aquellos preciosos ojos verdes que siempre maquillaba resaltando su brillo y su belleza y que ahora, estaban olvidados, salvo para los que la conocieron en el antes y el después.
¡Qué más da lo que dijeran! Animarla, aconsejarla..., para ella todo murió aquella noche...
Se levantó, se vistió y se preparó el desayuno de forma mecánica. El café con leche y ahora, ahora había vuelto a hacerse una tostada, vacía, sin mantequilla, ni aceite ni nada. Al principio era dormir y dormir sin querer despertar. Luego ya, un café solo, pequeño, alguien dijo que tenía que volver a abrir la tienda; después, un poco de leche, y así, poco a poco empezó a parecer un desayuno. Pasó el peine por su cabello, lo necesario para desenredarlo; el espejo también quedó olvidado, pasaba por delante de él sin dejar que su mirada se posase, si en alguna ocasión vio su figura dibujada, rápidamente retiraba no queriendo buscar preguntas donde no había respuestas. Cogió las llaves de casa y las de la tienda, siempre estaban en el pongo todo del mueble de la entrada. Él siempre las dejaba allí, ella, en cualquier sitio, así que todas las mañanas cuando él iba a abrir la tienda y a dejarle todo preparado para cuando ella fuera, se volvía loco buscándolas.
Ahora, era ella quien las dejaba siempre en su sitio. Cogió el bolso, salió y cerró la puerta. Empezaba otro día con la misma rutina; para algunos, su rutina diaria quizás les asquearía, a ella, tanto le daba, sería un día más, sin tonalidades. Los días de colores quedaron muy atrás, cinco años atrás, una horrible noche de tormenta.


miércoles, 26 de julio de 2017

C.E.T.B.L.R.

Un lugar donde los recuerdos se apagan en sus mentes, lo mismo que la vida se apaga en sus cuerpos.
—Escríbelo abuela. ¿Por qué no lo escribes? En esos momentos en que tu mente aún regresa a éste mundo real. Hazlo por mí, abuela. Tantas veces que me lo has contado... Lo pensé el otro día. No dejes que los días que aún están por venir se lleven lo más hermoso de ti. Cuando ya no estés, abuela... cuando el tiempo me traiga estos instantes como hermosos minutos compartidos en un pasado lejano, quizás, yo pueda sentirte más cerca leyendo cada palabra, cada letra, cada viaje, cada sentimiento, cada caricia...