jueves, 11 de enero de 2018

POESÍA

Te dejé sobre la mesa mi sonrisa
me guardé tu servilleta en el bolsillo
con el beso de tus labios tatuado.
Me alejé de la estancia de la noche
colapsada de momentos compartidos
entre amigos que brindamos
con el néctar de la uva
entre risas y tertulias.
Cuando mire el mar tras la colina
cogeré tu servilleta entre mis dedos
y depositaré el dibujo de tus labios
en los míos.


jueves, 2 de noviembre de 2017

DESPERTAR A OTRO MAÑANA

Hoy abrió los ojos despertando al nuevo día con la misma sensación que lo hacía en los últimos cinco años, después de una noche de sueño intermitente, de despertar y dormir, dormir y despertar. Solo que ahora, sin saber porqué, iba durmiendo algo mejor. Ya no pasaba tantas horas en vela como al principio, quizás su cuerpo se había habituado a su cama vacía, a que ya no quedase sobre la almohada resto alguno de su olor.
Su cuerpo sí, pero no su alma. Su alma seguía con aquel vacío, un vacío al que se había ido acompasando día a día, mes a mes y año a año; solo que ahora ya no dolía. Su mirada apagada y sus ojos tristes eran su carta de presentación. Aquellos preciosos ojos verdes que siempre maquillaba resaltando su brillo y su belleza y que ahora, estaban olvidados, salvo para los que la conocieron en el antes y el después.
¡Qué mas da lo que dijeran! Animarla, aconsejarla..., para ella todo murió aquella noche...
Se levantó, se vistió y se preparó el desayuno de forma mecánica. El café con leche, y ahora, ahora había vuelto a hacerse una tostada, vacía, sin mantequilla ni aceite ni nada. Al principio era dormir y dormir sin querer despertar. Luego ya, un café solo, pequeño; alguien dijo que tenía que volver a abrir la tienda, después, un poco de leche, y así, poco a poco empezó a parecer un desayuno. Pasó el peine por su cabello, lo necesario para desenredarlo; el espejo también quedó olvidado, pasaba por delante de él sin dejar que su mirada se posase, si en alguna ocasión vio su figura dibujada, rápidamente retiraba su mirada no queriendo buscar preguntas donde no había respuestas. Cogió las llaves de casa y las de la tienda, siempre estaban en el pongo todo del mueble de la entrada. Él siempre las dejaba allí, ella, en cualquier sitio, así que todas las mañanas cuando iba a abrir la tienda y a dejarle todo preparado para cuando ella fuera, se volvía loco buscándolas.
Ahora, era ella quien las dejaba siempre en su sitio. Cogió el bolso, salió y cerró la puerta. Empezaba otro día con la misma rutina. Para algunos, su rutina diaria quizás les asquearía, a ella, tanto le daba, sería un día sin más, sin tonalidades. Los días de colores quedaron muy atrás, cinco años atrás, una horrible noche de tormenta.


miércoles, 18 de octubre de 2017

POESÍA

Te dejé sobre la mesa mi sonrisa.
Me guardé tu servilleta en el bolsillo
con el beso de tus labios tatuado.
Me alejé de la estancia de la noche
colapsada de momentos compartidos
entre amigos que brindamos
con el néctar de la uva
entre risas y tertulias.
Cuando mire el mar tras la colina
cogeré tu servilleta entre mis dedos
y depositaré el dibujo de tus labios
en los míos.

lunes, 2 de octubre de 2017

CARTAS

9 de julio del 20--



Querida yo:


Después de estos días tan peculiares, hoy ha sido un día bastante agradable. Madrugamos más que otros días, porque ya sabes que cuesta desperezarse por las mañanas estos días estivales, con el fin de ir al mercado más pronto que tarde y no tener que aguantar el calor que agobia ya en la mañana mientras guardamos las colas en los puestos.  Ha sido una delicia pasear por las calles donde se agolpaban los puestos de frutas y verduras. Algunos son de los pueblos de al lado y traían de sus huertos las lechugas y cebollas tempraneras.

Yo creo que mamá ha disfrutado mucho más que yo pues saludaba entusiasmada a sus amigas de infancia que regresaban al pueblo, según decían ellas, de vacaciones. Mamá se ha regocijado narrando en la comida sus encuentros pero más aún al ver a algunas de ellas bastante dejadas y entradas en carnes, «...y eso que están en la capi, dicen ellas. Pues yo en el pueblo y estoy mucho mejor, ¿o no?» No paraba de repetir, a parte de esto y aquello. Papá insistía con un «que sí mujer, que sí. Pero mucho mejor...», aunque yo creo que ya se lo decía porque la cabeza se nos estaba cargando a todos en demasía.

Por la tarde, se miró al espejo varias veces, se repintó los labios y se sentó debajo del avellano con su caja. Yo me reía porque iba moviendo las caderas más ancha que una gallina clueca.

Las anécdotas de la mañana de mercado no acaban aquí, pero eso será mejor que te lo narre en mi próxima carta.



Tuya siempre,

—Mi yo—





martes, 26 de septiembre de 2017

A MI RÍO CARRIÓN

Agua que llevas viaje
desde la cumbre hasta el mar,
transparente y cristalina,
limpia desde el manantial
donde brotas resurgiendo
para luego navegar,
sin barco ni timonel,
ni velas al viento van.

Río Carrión de mi tierra
que llevas desde la sierra
hasta el labriego tu agua
para que riegue sus campos
de ésta tierra castellana.
¡Ay cuánto en tus riberas
yo jugué con una vara,
lavé trapos de muñecas
y mis pies chapotearon
en esas, tus frías aguas
tardes que agosto traía
de bien cargada solana.
Sesteando en tus orillas
tu soniquete era nana.

El tiempo no te ha cambiado
aunque alguna maleza guardas.
¡Qué bello reflejo deja
el sol, sobre tus aguas,
que no hay cuadro pintao más bello
ni tampoco más bella estampa!

La vereda se estrecha
y te pierde mi mirada,
más aún queda camino
y en mí alberga la esperanza
de encontrarnos más abajo
junto al Pisuerga, el cual,
vas y regalas tus aguas.

Te despides viejo amigo
que hasta aquí me acompañas,
yo regreso a la ribera
y retorno río arriba
para verte nacer de nuevo
en mi montaña palentina.


lunes, 18 de septiembre de 2017

D É J A M E

Déjame que te escriba un poema
y sea la nube que te envuelve
velando tu sueño,
para viajar entre estrellas que iluminan
cada poro de tu piel
mientras mis dedos juegan
con tu pelo.

Déjame que te escriba un poema
y sea quien calme tu desvelo.

viernes, 15 de septiembre de 2017

A CUESTAS CON LOS NERVIOS DE MI AMIGA EN LA MALETA (II Parte y última )

Me siento en la butaca descalzadora que tengo junto al armario vestidor. Observo la escena y contemplo el caos de mi habitación tras la búsqueda de los billetes. Por unos instantes me dan ganas de echarme a llorar. Cojo el teléfono para llamar a mi madre ilusionándome en que quizás ella sepa dónde pude guardar los billetes. Las hijas es lo que solemos hacer, ponemos pies en polvorosa en cuanto creemos que mamá nos trata como a quinceañeras si sus preguntas de rutina se convierten en interrogatorio, pero a las que acudimos como tabla salvadora cuando nos invade la desesperación del naufragio.
No consigo marcar, según cojo el móvil aparece la cara sonriente de Marta y empieza a sonar «I´ll be there for you» de The Rembrandts. Hace tiempo que puse éste sonido identificativo en sus llamadas. Tan solo ella y mi madre tienen canciones que las caracteriza cuando me llaman, a los demás, les he dejado el sonido que venía como tono de llamada.
—¡No te lo vas a creer lo que ha ocurrido! —Oigo su voz excitadísima— ¡Es horrible! ¡Es horrible! —No para de repetir. Jadea y escucho su respiración entrecortada entre quejidos.
—Tranquilízate, a ver Marta, respira hondo y cuéntame qué ha pasado.
—No me lo puedo creer —hace una pausa y prosigue—. ¡No puedo ir al Caribe! —Gimotea— Mejor dicho, ¡ninguna de las dos podemos ir al Caribe!
Creo recordar que era yo quien había guardado los billetes, con lo cual, no creo que Marta gimotee porque les haya extraviado, aunque pensándolo bien, yo aún no los he encontrado y ella no lo sabe, así que no creo que sea ese el motivo de su desazón. Por otro lado, pienso que haya habido un huracán pero no es época ni tampoco he escuchado nada que se le parezca. Oigo gimotear a Marta ya de un modo insistente y decido salir de dudas preguntándoselo.
—¿Que ha ocurrido? ¿Ha pasado algo grave?
—¿Grave? —Vuelve a gimotear— ¿Te parece poco grave no poder hacer el viaje del sueño de mi vida?
—¡Marta, si no me dices qué ha ocurrido no lo voy a adivinar! —le suelto de forma tajante. No me importan ya sus gimoteos, lo único que quiero es que me lo explique ya.
—¡Hay huelga de controladores aéreos! —Apenas la he entendido la última palabra pero me la he imaginado, pues al final de la frase, Marta ha arrancado en un sonoro y estruendoso llanto.
—Está bien, Marta. Son imprevistos contra los que no podemos hacer nada. ¿Sabes por cuánto tiempo? ¿Te han dicho algo?
—¡Nooo... ha sido la tele... es indefinida...! —Ha hecho una pausa en cada una de esas pequeñas frases para llorar de forma descontrolada. Su manera de llorar siempre se ha caracterizado por ser bastante llamativa y escandalosa.
—Tranquilízate —le digo a la vez que separo el móvil del oído porque si no voy a acabar sorda—. Voy a llamar a la agencia de viajes a ver qué me dicen.
Tras colgarle, busco el número de la agencia en la lista de contactos, siempre he sido previsora y pensado que vale más «un por si acaso que mil penseques», aunque en el caso de los billetes no me esté funcionando. Mientras escucho el tono de llamada, pienso que sería mejor empezar a deshacer la maleta y recogerlo todo.
—¿Sí? —Escucho al otro lado de la línea. Me identifico y tras darle los datos que me pide, me confirma lo que Marta ya me ha dicho—. Podéis aplazarlo. —Me aconseja, así como concretar otras fechas ya que al lugar dónde íbamos no había problemas con las reservas, pero que de todos modos me tendrá informada. Eso sí, basándose en su experiencia me comenta que me arme de paciencia pues en estos casos hay que echarle de 8 a 10 días. ¡Dios mío!, es lo que pienso. Para entonces son las fiestas en el pueblo de mi madre y recuerdo que le prometí que éste año acudiría sin falta. Le doy las gracias y le cuelgo.
Decido deshacer la maleta ya de forma definitiva, lo de colgar la ropa y colocarla en los cajones pienso dejarlo para otro momento, prepararme un café con hielo y tomármelo tranquilamente en la balconada. Después, llamaré a Marta, necesito que se desahogue con el llanto y pensar cómo le cuento todo. La ropa me da igual el colocarla, es una manera de creerme que estaba haciendo una limpieza de armario, pero la maleta, decido guardarla sin demora en el trastero y así, al no verla, no me recuerda el fiasco del viaje. Tras sacar toda la ropa, vuelvo a cerrar las cremalleras y la levanto con el fin de llevármela. Me quedo atónita al ver los billetes que aparecen debajo. En ese momento lo recuerdo, fue lo primero que cogí y coloqué la maleta encima precisamente por eso, era una forma segura de que entre tanto coger y dejar, no acabasen por cualquier sitio.
Siento un alivio muy grande, lástima que «I´ll be there for you» vuelva a sonar de nuevo. Tendré que despedirme del café con hielo.